Temple Grandin nació en Boston, Massachusetts en 1947. Rechazaba el contacto con otras
personas, incluso el de su madre, vivía en su
aparte silencioso, a veces interrumpido por gritos y golpes. Primero la
diagnosticaron de daño cerebral y
posteriormente de autismo. Su madre no consintió en internarla en un centro y la educó igual que a sus otros hijos, añadiendo
una frase reiterativa: “tú eres especial, pero no inferior” No tuvo
una escolarización fácil, ni ella sintió una especial atracción por lo que se le enseñaba hasta que su profesor
de ciencias, a quien ella considera crucial en su vida, consiguió captar su interés por conocimientos que
ella podía procesar con su manera de pensar en imágenes. Tiene un libro donde habla de esta peculiaridad suya que se ha
manifestado tan útil. Zoóloga y etóloga, nos ha ayudado a
entender mejor a los animales. Mostrando especial preocupación por mejorar los mataderos (su tía tenía uno y los conoció de primera mano muy
joven) y disminuir el sufrimiento animal. Además estudió neuropsicología y tanto sus otros libros como su autobiografía, nos dieron un punto de vista crucial del autismo, la visión desde dentro. Sus numerosas conferencias intentan explicar a todos
que “el mundo necesita todo tipo de mentes”. En su labor divulgativa no la mueve el lucro sino el afán de dar sentido a su vida ayudando a los demás.
Grigori Perelman,
matemático ruso, asperger, renunció a un millón de dólares por resolver la conjetura de Poincaré cuando los periódicos lo tacharon de
oportunista, vamos de que lo había hecho por la recompensa.
No sólo eso, renunció a dar más conferencias, a
relacionarse ni siquiera por correo electrónico y a su puesto de docente. Él
consideraba las matemáticas un universo puro
ajeno a las miserias humanas, pero se lo estropearon y esa desilusión no se pudo resarcir con ninguno de los premios que renunció a recoger a partir de entonces. Sin embargo mantiene una relación cordial con sus vecinos y otros miembros del sencillo barrio obrero
donde vive.
Daniel Tammet
percibe los números y las palabras a
través de colores, formas, texturas y emociones
distintas. Hace eso con las cifras del 1 al 10.000, a esa capacidad se la llama
sinestesia. Nacido en un suburbio, descubrió en un viaje a Lituania que si en Londres era un autista, allí era un gentleman británico, cuestión de geografía.
Debemos a estas
personas el descubrimiento de que la percepción de la realidad es diversa, la
engrandecen extraordinariamente: “hay otros mundos, pero están en este”. Su experiencia debe
iluminarnos para apreciar mejor a las personas “especiales, pero no inferiores” que nos
rodean. A las que se las ha denominado de formas poco agradables y ahora, por último, personas con diversidad funcional.

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