La vanidad del líder fantasma

Las luchas por el poder se han producido en todas las épocas. Allá por 1350, en la Baja Edad Media, se convirtió en rey Pedro I, hijo legítimo de Alfonso XI que, sin embargo, siempre había preferido a su hijo bastardo Enrique. El rey Pedro quería recortar el protagonismo de los nobles en el gobierno central  y enseguida se convirtieron en sus enemigos, mientras el pretendiente Enrique les prometía secretamente para que dieran la cara por él. Tras largos años de lucha por el poder, termina muerto el rey Pedro al que los partidarios de su hermano habían apodado “el cruel” y los suyos “el justiciero”, ninguno de los apodos lo hacen gran rey porque su principal propósito no fue el buen gobierno sino conservar la corona.

Termina muerto de manera ruin, su hermano no le aguantó el enfrentamiento directo,  echó mano de traidores para eliminarlo, sólo importaba quitarlo de en medio, no las formas.  Aunque fueron éstas las que  lo bautizaron como Enrique “el fratricida”, el pueblo no pensaba olvidar cómo había conseguido el poder y no lo amarían más que a su hermano. Además en su infinita sabiduría le dieron un segundo apellido: “el de las mercedes”. Enrique tuvo que conceder merced, en el lenguaje de la época, devolver los favores en la nuestra, a todos los barones que le habían aupado a tan alto lugar.

Moraleja: ¿se puede quitar de en medio a quien llega al poder legítimamente? La historia demuestra la evidencia y afea las malas artes. ¿Se llega al poder a través del apoyo de los barones? Sólo si se hace de manera irregular, ignorando al pueblo y contrayendo hipotecas con los que te levantan. ¿Puede un padre preferir un hijo frente a otro? No está bonito pero sucede. ¿Qué pasa si a ese padre se le suponía políticamente  muerto? Lo más usual es que se le llame fantasma. ¡Cuántas y sabias lecciones da la historia para quien quiera aprovecharlas!

El padre fantasma debió educar a sus hijos en la autoestima, hacerlos confiar en sus méritos para gobernar el reino, pero  el viejo líder no la conoce y la confunde con la vanidad. Sólo la vanidad, la soberbia y la arrogancia, pueden haber llevado a  Felipe González a hacer público su papel en la guerra fratricida que va a dejar España en manos de la derecha.

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