Robagallinas

Han detenido a los impresentables que asaltaron la vivienda de dos ancianos en San José Obrero. El juez les ha impuesto prisión sin fianza y se investiga si han podido participar en otros hurtos. Consuela que los autores de acciones como la que perpetraron estén encarcelados, dormimos mejor, más seguros. Nos asusta la brutalidad de un ataque que tiene por víctimas a los más indefensos y sobre todo nos asusta la inseguridad, la sensación de no estar a salvo. Actos tan sin sentido como éstos nos colocan los carteles de posibles víctimas a todos, son completamente absurdos, porque a ver qué podrían llevarse de un domicilio de familia obrera que les mereciera el riesgo, el gasto en materiales (fueron a comprar porras y otros objetos) y el esfuerzo. No sé si ellos lo pensaron pero todos los demás sí, poca cosa, no les iba a solucionar mucho la vida. Si parecen más propios de un adicto desesperado que busca para su chute diario.

Queda fuera de duda que sobre ellos caerá todo el peso de la ley, lo dice el presidente del Tribunal Supremo y del Consejo General del Poder Judicial, Carlos Lesmes: la actual Ley de Enjuiciamiento Criminal está hecha para los robagallinas. Además lo hemos comprobado. Encontramos cada cierto tiempo en prensa casos de personas autoras de hurtos a los que les esperan cuatro años de cárcel, no importa que la cuantía sea pequeña, que hayan pasado ocho años y que el autor o autora tengan trabajo y hayan rehecho sus vidas.

El problema está en que esta ley que consigue que ningún robagallinas quede impune no sirve para perseguir a los que roban al pueblo a manos llenas, a los corruptos, a los del guante blanco, para ellos resulta demasiado anticuada. Para que pueda haber justicia en estos casos necesitamos una nueva Ley de Enjuiciamiento Criminal,  cuándo la tendremos sigue siendo una pregunta sin respuesta. Mientras vemos los juicios televisados de las tarjetas black, de la Gürtel, no se informa al pueblo paralelamente de las limitaciones de las leyes que tenemos para actuar en estas situaciones. Sus carísimos abogados sí conocen los defectos de la ley y manejan el juego de las formas, ese que se salta la necesidad de hacer pagar por los actos. No podemos quedarnos en la humillación pública de estos personajes, porque aunque nos pueda parecer ya de por sí un acto de justicia, la verdad es que no lo es.

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