Si eres la cuarta o
quinta persona, en la cola de cualquier farmacia española y te fijas en los
medicamentos que recogen los y las que van delante de ti, comprobarás que el
tramadol es de los más retirados. Actualmente está en la mayoría de las
tarjetas sanitarias de enfermos con procesos dolorosos crónicos, lo sé por
experiencia propia. A veces, mientras espero, me imagino a esas personas y a mí
misma, que no sé seguir el ritmo ni con la cabeza, en un fiestón ruso. En Rusia
lo toman junto con la codeína en las fiestas, porque en dosis elevadas les
produce un “subidón”. Estos dos opiáceos juntos y en cantidad son excitantes.
El prospecto sólo
habla que puede producir adicción psicológica y física con el uso
prolongado, pensar eso ya me da la risa, lo que es un poco más comprometido, si
me río sola, la gente me mira.
Luego están los
sedantes, ¿acaso no han ayudado a sobrellevar la crisis mejor que ningún
político? Cómo vamos a pensar entonces en una vida sin ellos. Pueden salir
noticias demonizándolos que nadie quiere leerlas. Se ha perdido el derecho al
trabajo, el derecho a la vivienda, no podemos permitirnos perder también el
derecho a dormir. El Estado tan atento al exceso de gasto no se ha pronunciado
respecto a la cantidad de prescripciones, se ve que ha sido muy considerado.
Las listas de
espera no se han colapsado en salud mental. Aquí se ha actuado con la mano
puesta en el bolsillo, mejor pagar a las empresas farmacéuticas. Cuánto
costaría que recibieran terapia todos los españoles que se sienten tristes y
angustiados.
Si todo esto fuera
un problema, habría campañas de advertencia y concienciación; a lo mejor no he
estado pendiente pero no he oído ni visto ninguna. Las habrían puesto en los
centros de salud y en los hospitales, al lado de los carteles que advierten de
guardar silencio. Será que dan a todo el mundo enterado por los prospectos,
esas sábanas dobladitas en los envases que los médicos recomiendan no leerse.
Hay muchos casos de pacientes, que después de habérselas leído, se niegan a
tomarse lo prescrito.
No debemos
menospreciar a los burócratas de la sanidad, son expertos sociólogos. Hay más
quejas por salir de una consulta sin receta que por los tres minutos que le asignan
al médico para atenderte.

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