Cuando aprendemos geografía y se
nos muestran los mapas políticos, se nos queda en la cabeza la visión de un
mundo cuarteado. Hay una raya que separa a españoles de franceses y otra que
corta un trozo a la Península Ibérica llamándolo Portugal. No preguntamos si
esas líneas divisorias existen, lo damos por hecho, y si ni siquiera ponemos
cara de asombro, la primera vez que teóricamente cruzamos una de ellas, sin que
aparezca por ninguna parte, ya somos
adultos.
Desde el ámbito cotidiano también
se educa con éxito en la visión de un mundo plagado de fronteras. Puede que al
principio nos resulte difícil entenderlas, como la primera vez que te agarran
de la mano y te tiran fuertemente para apartarte lo antes posible, mientras tu
progenitor sonríe hipócritamente, del mendigo con el que estabas hablando. Pero pronto asimilamos la enseñanza, porque se
nos imparte como una manera de mantenernos a salvo. Aprendemos a desenvolvernos
en grupos, con los nuestros y a aspirar continuamente a ser incluidos en un
grupo superior económicamente. Para eso se estudia, se trabaja, se compra un
boleto de juego de azar, todo con un único objetivo, traspasar las fronteras de
la riqueza. En la Edad Media, cuando aún no había aparecido el capitalismo, ya
se vendía este sueño: un pasaje al país de Jauja, donde los jamones colgaban de
los árboles. Hoy nos reímos de los incautos que creían estas cosas. Cómo podían
creer una cosa así, si ni siquiera la habían visto en un anuncio.
Nosotros podemos ver en un solo
día por la tele, cientos de veces, la tierra prometida, la tierra de los ricos.
Frente a ese aluvión constante, los
informes que dicen que la brecha entre ricos y pobres en nuestro país ya no es
brecha sino un abismo, son noticia de un día. Según Oxfam Intermon tres
fortunas españolas se igualan a lo que poseen el treinta por ciento más
desfavorecido de españoles. Además la recuperación económica se polariza, es
sólo para los ricos.
Nadie puede ver el muro que
separa a los catorce millones de pobres españoles de los tres millonarios. Pero
todos sabemos que existe y que es más difícil de franquear que el de Berlín o
el que promete Trump para separarse de México. No importa, dejar de pensarlo es
tan fácil como pulsar el mando a distancia.

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