Todo el horizonte
me cabe en una mano.
La palma,
ondulada de espigas
mecidas por el viento.
Del pulgar hasta el índice
abarca una montaña,
no es muy alta,
de viña son sus faldas.
Mi dedo corazón
alcanza alas
de águila,
pero no lo pretende.
Le divierte correr
tras las perdices
y empuja a los polluelos
si la madre angustiada
quiere el campo de enfrente
para ella y su camada.
El meñique tan leve
se acerca a los terneros,
apenas si los roza.
¿Si un toro se levanta?
El anular se ríe
y se lo lleva a casa.
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