El discurso más fácil

Si en una plaza pusiéramos en una esquina a Einstein explicando la teoría de la relatividad y en otra a un soplador de vidrio haciendo botellas, ¿quién atraería más público? La respuesta la tenemos en el embobamiento que es capaz de producirnos una simple lámpara de lava. El rincón de las botellas estaría lleno y quizás, con mucha suerte, un par de personas intentarían seguir la compleja explicación del sabio. ¿Nadie quiere pensar? Si se puede evitar, para qué esforzarse, sólo una minoría lo considera una actividad placentera. Cómo si no triunfa la televisión basura y no la de los documentales. 

En política, el discurso de la ultraderecha es el más fácil de seguir. Su nacionalismo eleva la autoestima:  somos el mejor pueblo, la mejor cultura, los defensores de la patria. La ausencia de matices, quiénes son los buenos y quiénes los malos (normalmente una minoría fácil de atacar). La política del odio. La solución populista de los problemas, líderes paternalistas pensarán por ti y se ocuparán de todo. Sin embargo, quiero pensar que quién llevó a Hitler al poder fue un pueblo desesperado por la crisis económica, no un pueblo que se dejó llevar.

En Francia, el Frente Nacional de Marine Le Pen, ultranacionalista, xenófobo, populista, asciende aupado además de por la minoría de siempre, por jóvenes sin futuro. Parte de la generación más formada de Europa se desespera, no entiende como después de cualificarse exhaustivamente, no hay empleo para ellos. Han cumplido su parte de trato, se han esforzado y ahí están viéndolas venir, mal pagados o sin empleo. 

El alcalde de Béziers,  una de las ciudades más pobres de Francia, encabeza  grupos policiales dirigidos a casa de refugiados sirios para notificarles que no son bienvenidos. Lo hace patrióticamente, con la banda de la bandera francesa cruzada sobre el pecho. Hasta permite a los periodistas filmarlo en tan “noble misión”. Lástima de los sirios que no han podido hacer lo mismo con los que se disputan su territorio por motivos estratégicos y económicos.

España no es ajena a esta ascensión, nadie persigue a los proselitistas del fascismo que multiplican indemnes sus actividades. No ocurre lo mismo con quiénes hacen chistes en su contra y nadie ha salido a manifestarse como cuando se atacó al semanario “Charlie Hebdo”.  En los dos casos se reivindica lo mismo: la libertad de expresión.


El discurso más fácil se extiende por Europa como la música del flautista de Hamelín, primero sólo lo seguían las ratas, después se llevó a los niños.

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