Naranjas de conservación

Comemos por los ojos, la mayoría  cuando vamos a comprar alimentos sólo nos fijamos en  su aspecto. Como no es ningún misterio, hace tiempo que los productos que se nos ofertan cumplen principalmente esta misión, resultarnos visualmente atractivos. En primer lugar el tamaño sí importa, ahí entran los fertilizantes nitrogenados, proporcionando crecimiento rápido y voluminoso. Luego una piel tersa, sin cicatrices ni marcas, pesticidas, fungicidas y “cidas” varios se ocupan de que ningún bicho considere morder lo que morderemos nosotros. Después  viene la planta de procesamiento donde se eliminará todo rastro indeseable del lugar de cultivo, los frutos son lavados con detergente, secados y encerados, consiguiendo un brillo intenso y uniforme. Tan seductores productos reciben además tratamientos extras, su belleza debe estar hecha para durar, deben madurar y conservarse óptimamente.
Cuando nos deleitamos ante el expositor  de tan lustrosos frutos, la mayoría de las veces no nos percatamos de que no tienen etiquetas, pero aunque las tengan, nadie va a la compra a leer, quién se interesa por su historia, por el devenir seguido hasta ser expuestos a nuestras miradas. Preferimos depositar toda nuestra confianza en el Estado, si están allí será porque cumplen los requisitos sanitarios.  Hace algunos años, hasta se pusieron algunos anuncios donde se recomendaba lavar la fruta o mejor pelarla antes de consumirla. Ahora se están poniendo los que dicen que el cerdo es una carne sin grasa.
Si obligamos a una fruta a ser bella, aunque no sepa a nada, carezca de nutrientes y además nos envenene, qué no vamos a exigir a la gente. El primer mandamiento de la sociedad de la transparencia es estar listo, en todo momento, para salir en una foto. El segundo, cuidar el aspecto por encima de todo. Sólo se nos pide ser una sociedad agradable de ver, estar en consonancia con el aumento de pixeles de las cámaras. Los padres y madres responsables sufragan la cuota del gimnasio de sus hijos e hijas, cambian su vestuario siguiendo la moda. Se preocupan de que ellos y ellas reciban al futuro con el look adecuado.

Puede que en poco tiempo se pague un impuesto por no tener buena imagen. El occidente rico nos exige convertirnos en naranjas de conservación o dejar las estanterías, replegarnos a oscuros lugares donde no actúan los flashes, como las bibliotecas. El Estado ya cumple su parte, ni siquiera en las cadenas públicas aparece la cara oculta de la opulenta sociedad de consumo, se retira de nuestros ojos, como quitaban de en medio a los pobres cuando el rey visitaba la ciudad.

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