Cuando era pequeña aún iban con
el circo personas con alguna deformidad, por ejemplo, se pagaba por ver a las
“Hermanas colombinas” que padecían obesidad mórbida. Se podía entrar y quedarse
mirando o preguntarles sobre su vida, creo que se valoraba sobre todo el tener
derecho a quedarse mirando abiertamente.
En la más tierna infancia se nos educaba para no mirar fijamente a las personas con alguna irregularidad en su aspecto, se nos tiraba del brazo cuando después de advertirnos no podíamos separar los ojos. En las ferias no había por qué reprimirse, el pago de la entrada nos exoneraba de lo que fuera de ellas era mala educación y falta de caridad.
En la más tierna infancia se nos educaba para no mirar fijamente a las personas con alguna irregularidad en su aspecto, se nos tiraba del brazo cuando después de advertirnos no podíamos separar los ojos. En las ferias no había por qué reprimirse, el pago de la entrada nos exoneraba de lo que fuera de ellas era mala educación y falta de caridad.
Estas prácticas crueles han sido erradicadas, pero la atracción morbosa de mirar a quienes padecen una alteración grave de su imagen permanece. Dedicamos mucho tiempo a cuidar nuestro aspecto, el exterior, claro, el interior nadie puede verlo. Atribuimos, de manera automática, buenos sentimientos a las personas de imagen cuidada, como si ser bello por fuera tuviera equivalencia con serlo por dentro. Todavía después de demostrarse lo contrario, un delincuente con aspecto angelical nos parece menos malo y más capaz de redimirse. Hasta a los santos antes de ponerlos en las estampitas o subirlos a los altares se les suaviza el aspecto, como si no pudieran ser exhibidos como santos con su imagen natural. No sólo hay que ser santo o santa, sino parecerlo, así encontramos que dos siglos después de muertos cada vez queda menos de su aspecto original y más de artista de cine.
Dorian Gray, el personaje de Oscar Wilde que permanecía joven y bello con el paso del tiempo, padecía una maldición: podía ver en su retrato su imagen interior. No hay crema milagrosa ni cirujano plástico que pueda arreglar eso. Pero sabemos que el verdadero miedo que sentiría no es saberse interiormente monstruoso sino que los demás pudieran ver su interior expuesto. Todos nos sabemos más imperfectos por dentro pero vivimos en la tranquilidad de que nadie podrá vernos.
No es del todo cierto, a veces la
verdadera deformidad salta a nuestros ojos produciéndonos el mayor de los
horrores: un niño de ocho meses asfixiado por su padre por llorar mientras
golpeaba a su madre. Ojalá hubiésemos podido detectar tanta atrocidad antes de
que asomara. Ojalá viviéramos en una sociedad concienciada con la importancia
de dedicar esfuerzos a una educación que la cambie desde dentro.

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