El cubo de basura que más pronto
se llena en una vivienda es el de los residuos plásticos, tres o cuatro veces
más rápido que el de orgánicos. En la calle hay un contenedor amarillo y el
triple verdes. Está claro que el servicio de limpieza pública no está
actualizado, lo que provoca que alrededor del contenedor de envases haya
siempre un indeseable apilamiento de bolsas.
¿Y si es al revés? ¿Y si somos
nosotros los que tenemos que actualizarnos? Hay un mensaje claro en este
exceso: nos sobran envases plásticos. Nuestro consumo está sobreempaquetado y nuestra
basura nos lo está gritando. La solución no está en aumentar el número de
contenedores amarillos, sino en reducir su necesidad.
Dónde hemos dejado aquello de:
“no es más limpio quien más limpia, sino quien menos ensucia”. La campaña
“Desnuda la fruta” es una buena iniciativa. Para comprar tres peras no
necesitas llevarte a casa una bandeja de poliespán y un envoltorio plástico. Resulta
ridículo pensar que se hace en nombre de la higiene. Nuestros abuelos se
reirían de nosotros, nos desagradan las manos que hayan podido tocarlas cuando
lo que nos mata son los pesticidas que les han echado. Además la solución del
reciclaje para esta manía de la presentación resulta claramente insuficiente.
Nos lo grita la isla formada por residuos plásticos en el Pacífico que las
noticias televisivas nos muestran de vez en cuando pero también nuestros mares
y costas más próximos.
Al cachalote muerto en la playa
murciana, la necropsia le ha encontrado veintinueve kilos de plástico en su
interior: bolsas de basura, sacos de rafia, redes y hasta un bidón. Su aparato
digestivo estaba colapsado, nada podía entrar ni salir. Su muerte ha sido un
homicidio imprudente ciudadano. El mar nos ha devuelto el cadáver para ponernos
en evidencia, que sea un delito compartido no nos hace menos culpables.
No se puede pasear por la orilla
sin encontrarnos tetrabriks vacíos de zumos, batidos. Paquetes de patatas
fritas, bolsas que se ha llevado el viento. Nuestros mares son cada vez más
contenedores de plástico. Pero a quiénes no les importen la muerte de cetáceos
y tortugas, tendrán que tener en cuenta que si consumen pescado estarán
ingiriendo fibras plásticas.
Lo que el viento se lleva, no
desaparece, el mar acaba recogiéndolo. Las pruebas de nuestro comportamiento
incívico estarán ahí para cuando nuestros niños sean adultos.

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